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El “espanto” y espectáculo para la activación del miedo digital. ¿Cómo se fabrica una conspiración en redes?

Aarón Sánchez Ortega

Estoy sentado. Espero ser atendido por mi dentista. La espera es larga, tortuosa, casi estridente e irritante, como el zumbido de los instrumentos, usados por los odontólogos, que dilatan los minutos, los extienden. Para distraerme, miro el teléfono y, casi por inercia, comienzo a recorrer las redes sociales: un vistazo rápido a X; luego, Facebook; después, TikTok. Entre recetas milagro, bailes virales, noticias de último momento y experiencias de algunos conocidos, me detengo en un video que asegura, con absoluta seriedad, que los Juegos Olímpicos de invierno son satánicos y malévolos, parte de una oscura conspiración mundial. El autor: Ignacio González Jauregui. Sonrío con incredulidad, pero, a su vez, me invade una curiosidad incómoda. Tal vez habría que investigar más, pienso; no para confirmar el delirio, sino para entender cómo una idea así puede viajar tan lejos y rápido por las pantallas que nos acompañan todos los días, como si hoy estas fuesen una extensión de nuestra naturaleza humana, citando al filósofo Marshall McLuhan.

No escribo desde la burla o rechazo automático. Mi mirada es la de un hombre con estudios de posgrado, formado en el cristianismo —aunque, definitivamente, no soy un practicante riguroso— y dedicado a comprender los fenómenos religiosos y culturales asociados con el satanismo teísta desde un posicionamiento epistemológico. Esta breve referencia personal no busca protagonismo alguno, alimentar el ego o presunción o vanagloria, sino transparentar el lugar desde el cual observo, interpreto y cuestiono para relevar el ángulo desde el que se configura mi perspectiva analítica, como acto de honestidad intelectual. En la era digital, donde la Inteligencia Artificial reclama su uso en múltiples ámbitos de la vida social y la información circula a una velocidad nunca vista, millones de personas producen, comparten y consumen contenidos cada minuto. Sin embargo, esta democratización de la comunicación ha traído consigo un efecto colateral: la desinformación se legitima. Hoy, cualquier afirmación, por absurda que sea, puede convertirse en “verdad” —parafraseando a Joseph Goebbels— si se repite lo suficiente. El discurso analizado es un ejemplo perfecto de cómo se construyen y difunden las teorías conspirativas en internet cuando se descontextualizan las imágenes o los discursos.

El primer ingrediente: el miedo como punto de partida

Toda conspiración necesita un detonante emocional. El video parte de una premisa muy poderosa: “el mal existe y nos lo están mostrando”. No se presentan datos, estudios o pruebas verificables; se parte de una emoción básica y primitiva: el miedo. Esta emoción, además, se desarrolla exponencialmente en un contexto en el que el cristianismo (y particularmente el catolicismo), como hegemonía religiosa en México, nos ha enseñado histórica y culturalmente a lo que se debe temer. Desde ahí, se invita al internauta a interpretar cualquier imagen fuera de contexto como evidencia de una supuesta agenda satánica, malévola, de cause global. El recurso es sencillo: si algo provoca incomodidad, si no se comprende o si rompe con las creencias hegemónicas y el pensamiento estandarizado y legitimado, entonces debe ser maligno, es satánico. Este proceso del pensamiento sustituye el análisis racional por una reacción visceral y/o emocional.

Descontextualizar para construir significado

El segundo mecanismo clave es la descontextualización. En el video se mencionan ceremonias de apertura de eventos deportivos, símbolos gráficos y presentaciones artísticas como supuestas pruebas de rituales satánicos. Sin embargo, nunca se explica el contexto cultural, artístico o histórico de esas imágenes. Un ejemplo claro es la comparación que realiza el creador de contenido entre una escena artística de París 2024 y “La última cena”. Thomas Jolly, director artístico de la ceremonia de apertura, ha sido citado reiteradamente en medios diciendo que no hubo ninguna intención de inspirarse en la obra de Da Vinci; en realidad, estaba inspirada en una pintura del siglo XVII llamada El festín de los dioses, evocando algunas de las raíces de los Juegos Olímpicos con referencias a la mitología griega. Sin embargo, el video afirma lo contrario y utiliza esa interpretación errónea para acusar una supuesta burla religiosa.

En internet, sacar algo de su contexto original es una de las estrategias más efectivas para fabricar conspiraciones. Un fragmento de video, una fotografía o un símbolo pueden reinterpretarse fácilmente si se ignora su verdadero origen y su intención. El pentagrama, por ejemplo, es un símbolo con significados muy diversos en distintas culturas y épocas, mas no es exclusivo del satanismo. De hecho, en la antigua Mesopotamia se empleaba como un signo de protección; en Grecia era considerado por los pitagóricos como símbolo de perfección matemática y armonía; incluso, en el cristianismo medieval, representaba las cinco llagas de Cristo. Siglos más tarde, Éliphas Lévi fue quien asoció el símbolo con Baphomet, una figura simbólica que evoca el dualismo y la relación con lo oculto. No fue hasta mediados del siglo XX que Anton Szandor LaVey lo adopta como emblema y se asocia con una de las corrientes satanistas: la no teísta o simbólica. No obstante, el discurso conspirativo de González Jauregui lo reduce a una única interpretación negativa, porque conviene a su narrativa, y olvida que el símbolo es polisémico, como sostienen los expertos en el tema (Victor Turner, Clifford Geertz, Roland Barthes, Charles Peirce, Umberto Eco, Paul Ricoeur, entre otros).

La autoridad falsa: “expertos” sin verificación

Hablando de expertos, en el escenario digital, la autoridad para hablar se proclama con facilidad. Basta una conexión a la red para que se erijan los expertos instantáneos, aunque la profundidad del conocimiento (respaldada por una formación y trayectoria verificable) no siempre acompañe la convicción del discurso. Paralelamente, se recurre al uso de presuntas figuras de autoridad en el video, donde aparece, por ejemplo, Riaan Swiegelaar, un “ex satanista”, al que se le atribuye la verdad absoluta para las declaraciones sobre el universo simbólico del satanismo, revelando secretos oscuros del mundo —cuando siempre hay matices, con frecuencia muy pronunciados—. El principal argumento: existen diferentes corrientes en el satanismo con características específicas, cuyos fines difieren; por lo que, independientemente de la corriente, experiencias y declaraciones —tanto de González Jauregui como de Swiegelaar—, no cabe la homogeneización de las metas y fines de los diferentes gremios satanistas. Lo preocupante: no se ofrecen fuentes verificables, pruebas fehacientes ni documentos que respalden las presuntas declaraciones del ex satanista dichas por el creador de contenido. Su credibilidad se basa únicamente en el relato personal y en las ideas predominantes del imaginario colectivo. Esta es una situación grave, porque encuentra un terreno fértil en audiencias carentes de formación crítica, donde la reiteración en redes sociales suele confundirse con evidencia.

Este es un patrón común en redes: testimonios individuales se presentan como pruebas irrefutables. El problema, insisto, es que una experiencia personal, aun si fuera real, no constituye evidencia objetiva de una conspiración mundial. Pero al espectador se le invita a creer porque “alguien que estuvo ahí lo dice”. Desde una perspectiva crítica, ningún testimonio individual puede asumirse como verdad absoluta sin mediaciones de verificación, contraste y validación intersubjetiva.

Lo vintage como idea atractiva: mensajes subliminales

Las teorías conspirativas suelen recurrir al concepto de “mensajes ocultos” o “subliminales”. De acuerdo con el video, ciertas élites satanistas estarían obligadas a anunciar públicamente sus intenciones malignas para evitar un supuesto karma, concepto erigido en tradiciones espirituales indias (nuevamente, mezcla todo sin criterio). De este modo, el argumento sobre el “karma satánico” y los mensajes subliminales tampoco resiste un análisis racional. No hay ninguna evidencia científica que demuestre la existencia del karma como mecanismo sobrenatural que opere bajo reglas secretas. Mucho menos que artistas, disqueras o cadenas televisivas estén obligadas a “insinuar” pactos con el diablo para evitar castigos metafísicos. Estas ideas pertenecen al terreno de la creencia religiosa personal, no al de los hechos comprobables. Esta idea es atractiva, porque da la sensación de que, tanto el creador de contenido como el espectador, posee un conocimiento secreto que los demás ignoran. En realidad, la noción de mensajes subliminales masivos que controlan a la población ha sido ampliamente desacreditada por profesionales de la psicología y de los mass media (invito a revisar los trabajos de James Don Read y John Vokey, Timothy E. Moore o Anthony G. Greenwald, Mark R. Klinger y Eric S. Liu, solo por mencionar algunos). Sin embargo, en redes sociales esta creencia persiste, porque refuerza la sensación de pertenecer a un grupo “despierto” frente a una mayoría que vive presuntamente “engañada”.

La mezcla indiscriminada de temas

Un rasgo característico de estas narrativas es la mezcla caótica de asuntos sin relación real: Juegos Olímpicos, masonería, satanismo, élites mundiales, pedofilia, artistas famosos y religión. Todo se integra en un mismo relato como si formara parte de un gran plan unificado. Este método funciona porque apela a la confusión. Al unir temas emocionalmente fuertes —como el abuso infantil o la fe religiosa— se dificulta que el público cuestione la lógica del argumento. Quien duda, parece estar defendiendo algo moralmente inaceptable. Ergo, como sostiene Chomsky, se trata de una apelación deliberada a la emocionalidad: al activar miedo, indignación o repulsión moral, se desplaza el análisis racional y se favorece una recepción acrítica del mensaje. La intensidad afectiva sustituye a la evidencia y la reacción emocional se impone sobre la evaluación lógica de los hechos.

El enemigo invisible y todopoderoso

Para que una conspiración funcione necesita un villano claro: “las élites”, “los medios”, “la masonería”, “ellos”. Se trata siempre de un grupo con apariencia difusa u obnubilada, imposible de verificar y, a su vez, responsable de todos los males. Al no tener rostro concreto, este enemigo nunca puede ser refutado y, mejor aún, juzgado. Además, se afirma que controlan todos los medios de comunicación. Con este truco retórico se crea una trampa perfecta: si alguien desmiente la conspiración, es porque también forma parte de ella. Este mecanismo discursivo no es exclusivo de las narrativas conspirativas digitales; también ha sido empleado en la política. López Obrador recurrió reiteradamente a la dicotomía entre “la mafia del poder” y “el pueblo”, construyendo un antagonismo moral que simplifica la complejidad estructural en una confrontación binaria. La eficacia de este recurso radica en su capacidad para cohesionar identidades colectivas y blindar el discurso: toda crítica puede reinterpretarse como proveniente del mismo enemigo previamente definido.

El refugio final: la fe como blindaje

Uno de los mecanismos retóricos más peligrosos del discurso es presentarse como víctima de censura: “nos llamaron locos, pero hoy se confirma”. Esta estrategia busca blindar el mensaje contra cualquier crítica. Si alguien cuestiona la información, automáticamente se le etiqueta como parte de la conspiración. Es una lógica circular imposible de refutar, porque no se basa en datos, sino en creencias. El discurso termina proponiendo que la única defensa contra este supuesto mal es la fe, pero no cualquier tipo de fe, sino solo aquella en la que Jesús asume el protagónico. Con ello se cierra el círculo: ya no importa la evidencia, la lógica o los datos. Creer en el discurso se vuelve un acto de fe; más aún: una verdad. Si se duda de este, se puede ser considerado como el adversario, el opositor, un satanista. Este mecanismo convierte una discusión racional de un evento deportivo en una cuestión moral apocalíptica. Quien cuestione el relato no solo estaría equivocado, sino que sería parte del problema. Bajo esta lógica excluyente, no hay espacio para las minorías religiosas ni para otras formas de espiritualidad y de pensamiento; toda cosmovisión que no se inscriba en el marco cristiano es automáticamente sospechosa o directamente malvada. Ergo, la diversidad religiosa se interpreta como amenaza y la pluralidad espiritual queda anulada por una estructura binaria que divide el mundo entre lo cristiano (sagrado y legítimo) y lo satanista (amoral, malévolo y destructivo). Creer sin cuestionar puede ser reconfortante; comprender con rigor es más difícil, pero también más liberador.

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