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Sin embargo, lo moderno no disipa la creencia

Carlos Alberto Ramírez Herrera

«Un objeto cultural pierde su poder una vez que no hay ojos nuevos que puedan mirarlo».

—Mark Fisher, Realismo capitalista.

¿Qué más poder se le puede dar a lo que elegimos creer? Ese es el largo camino de la religión que, a veinticinco años del siglo XXI, sigue generando acaloradas discusiones y peleas sangrientas; quizás ya no con un palo y una piedra, pero sí con códigos binarios incendiarios en la red digital. Frente a cualquier pronóstico derivado del pensamiento de la Ilustración, la religión ha sobrevivido los constantes cambios de la humanidad. Sin embargo, no es la misma religión de hace siglos, ni la que practicaban nuestros ancestros o progenitores; ni siquiera podemos hoy en día asegurar que es la de hace un año.

La religión, presente en todas las sociedades humanas, actúa como la administradora de las creencias, sin importar el contexto cultural, geográfico o histórico. Desde los primeros tiempos, la fe constituyó uno de los primeros intentos por interpretar la existencia y a la vez otorgar sentido al mundo, poblado de fenómenos naturales incontrolables y seres vivientes enigmáticos. El entorno condiciona la experiencia individual y moldea las formas de organización colectiva y las estructuras simbólicas que permiten a las personas comprender su realidad. La religión, como construcción cultural, surge como una vía para explicar lo desconocido, articular significados y establecer normas de convivencia.

Como señaló María Zambrano (1955): “Una cultura depende de la calidad de sus dioses, de la configuración que lo divino haya tomado frente al hombre…” (p.27). Esta aseveración plantea que la concepción de lo sagrado influye profundamente en la estructura simbólica, ética y política; desde lo colectivo hasta lo individual. También, define no sólo lo que se considera legítimo, sino también los límites de la transgresión y lo redimible; brinda referencia y sentido para concebir el mundo.

No importa la forma de lo divino, la creencia se institucionaliza, se impregna en la memoria de la humanidad, lo que María Zambrano (1955) denomina: “la persecución de los dioses” (p.27); el castigo o la gratificación por los actos humanos. De igual manera, lo que refería Karl Marx (2023) como “la religión es el quejido de la criatura oprimida” (p.46) por dioses ahora olvidados o erosionados por el paso de las eras, pero que son síntomas de una memoria simbólica persistente en constante tensión con el cambio social.

La racionalidad moderna promovió la secularización, pero no logró borrar la inquietud por el sentido de la existencia. De Martino (2019) llamó a esta situación “crisis de presencia”: el momento en que un sujeto pierde la capacidad de situarse activamente en su mundo, desbordado por el sufrimiento o la pérdida de orientación. La ansiedad actual, la inestabilidad identitaria y la dificultad para sostener narrativas de sentido pueden verse como manifestaciones actuales de esa crisis.

La modernidad, como la esbozó Zygmunt Bauman (2004), ha trazado un mundo inestable y efímero, donde la incertidumbre y lo fugaz son la norma, los individuos cuestionan su existencia y sus acciones ante una realidad que se transforma constantemente. Ante ese panorama los individuos se reclaman por definirse o encontrar identificación. Así, surge una creciente ansiedad derivada de la persecución por resolver la pregunta fundamental: “¿quién soy?”. A esto Anthony Giddens (1995) lo denomina “crisis de sentido»”: el debilitamiento de las respuestas tradicionales que se dieron históricamente los individuos para explicar su existencia. Así que se perciben faltos de propósito, significado o dirección en la vida.

En este marco, Bruno Latour (2007) ha sido clave para comprender cómo los símbolos, las creencias y los artefactos religiosos no sólo “representan” la realidad, sino que la constituyen en red con humanos y no-humanos. Desde su teoría del actor-red, Latour desmonta las dicotomías modernas (naturaleza/cultura, razón/creencia), mostrando que los objetos de creencia actúan en el mundo. Así, la religión no sobrevive “a pesar” de la modernidad, sino que continúa operando como una fuerza efectiva, material y simbólica.

Hay preguntas que la racionalidad occidental busca esclarecer todavía sin éxito. En este proceso, también se han generado bifurcaciones. Todo esto, quizás ha propiciado más entropía en los sujetos y en las culturas locales o global, haciendo que el sentido de existencia pierda la referencia ante la infinidad de sentidos que surgen en las infinitas posibilidades. El individuo fluctúa entre lo normal y lo anormal: “¿según quién o qué?” Si bien, hay una constante exigencia por definirse o autodefinirse en una realidad de constante transformación, son las personas las que buscan a otras con las que puedan identificarse, aunque sea de manera momentánea; ya sea por la sensación de pérdida, de hartazgo, agobio, absurdez, aburrimiento, vacío o hasta por similitudes físicas, gustos, aficiones, consumos o creencias.

De este modo, se evita la sensación de estar solo frente al fluir de la realidad —o como dice el dicho: “Las penas compartidas pesan menos”— y entonces escapar en grupo del delirio de la autodefinición, frente a un futuro penumbroso. No obstante, son las personas quienes eligen el signo al cual dotar del poder de exorcizar a sus demonios, angustias, dolores y delirios, así como el objetivo de lo transcendental. Los símbolos, portadores de sentido con sus ritos y rituales que reafirman su sacralidad, actúan como refugio frente a la incertidumbre. En su ritualización —aunque efímera— se ancla lo colectivo y se establece la pertenencia. La religión da sentido, aunque sus formas muten.

Danièle Hervieu-Léger (2005) propone que la religión “es un dispositivo ideológico, práctico y simbólico, a través del cual se constituye, mantiene, desarrolla y controla la conciencia (individual y colectiva) de la pertenencia a un linaje creyente particular” (p.138). En la modernidad, las religiones se adaptan, los rituales se transforman, la tradición se transmuta: un oxímoron que refleja cómo lo religioso se mantiene al reorganizar su memoria en contextos constantemente cambiantes.

No todo rito contemporáneo es religioso, pero muchas formas ritualizadas de identidad compartida —en conciertos, manifestaciones o ceremonias colectivas— actualizan estructuras que antes eran monopolio de lo religioso. La frontera se desdibuja. Pero como señala Hervieu-Léger (2005), el rito religioso conserva una especificidad: “la repetición regular de los gestos y las palabras fijadas en él tiene como función inscribir en el desarrollo del tiempo la memoria de los acontecimientos fundadores que permitieron que el linaje se constituyera” (p.204).

Así es como llegamos al presente del siglo XXI, donde la racionalidad y el progreso han sido los estandartes de la evolución humana, las personas siguen creyendo. Sin importar lo divino o lo sagrado, continúa la búsqueda en los símbolos y rituales para no perder la cordura. En unn intento de dilucidar preguntas trascendentales que acechan, en un entorno cada vez más individualista, los fragmentos de viejas divinidades, se mezclan con nuevos ritos sacralizados, para así calmar la ira divina del olvido de su existencia y su destino, que alcanza tanto a los dioses como a los mortales.

La religión, a diferencia de otras instituciones como la familia o el Estado, muestra una notable capacidad de adaptación frente a los cambios socioculturales y persiste no como rezago arcaico, sino como expresión de la necesidad humana de dotar de sentido a la existencia. Esa necesidad no ha sido superada ni por la razón ni por el progreso, y sigue modelando la forma en que los individuos habitan el mundo.

Referencias.

De Martino, Ernesto (2019). La fine del mondo. Contributo all’analisi delle apocalissi culturali. Turín: Einaudi.

Fisher, Mark (2018). Realismo capitalista: ¿no hay alternativa? Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja negra.

Giddens, Anthony (1995). Modernidad e identidad del yo. Barcelona: Península.

Hervieu-Léger, Danièle (2005). La religión, hilo de memoria. Barcelona: Herder.

Latour, Bruno (2007). Nunca fuimos modernos. Ensayo de antropología simétrica. Buenos Aires: Siglo XXI.

Marx, Karl (2023). De la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Barcelona: Gedisa.

Zambrano, María (2012). El hombre y lo divino. México: Fondo de cultura económica.

Zygmunt, Bauman (2004). Modernidad Liquida. Buenos Aires: Fondo de cultura económica.

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