Nicolás Arias Herrera
Para los europeos el descubrimiento de América significó casi lo que para nosotros sería encontrarnos con extraterrestres; una otredad radical, un conjunto de seres de los que al inicio incluso se dudaba si eran humanos, pero que con el pasar de la conquista obligó a los europeos a repensar su propia humanidad.
La película La misión de Roland Joffé (1986) narra un episodio del trágico, pero a la vez inquietante, hecho que fue la colonización de América. Particularmente, cómo desde la religiosidad católica se afrontó ese descubrimiento (o encubrimiento) del otro.
La misión cuenta la historia de los jesuitas en la zona del Paraguay, zona limítrofe entre el imperio español y portugués durante el siglo XVIII. La orden religiosa había creado una serie de comunidades que recogían a los indígenas guaraníes de la zona para evangelizarlos. Ellos venían en estas comunidades, llamadas misiones, mecanismos de protección frente a los portugueses, para los que, y a diferencia de los españoles, la cacería y esclavitud de población indígena no estaba prohibida.
De trasfondo histórico, está el tratado de Madrid de 1750 por el que se cambia la frontera entre ambos imperios. La zona de misiones pasa a ser portuguesa, lo que ocasionó nuevos retos para las misiones. Si bien los lusos querían expulsar a los jesuitas, su orden estaba bajo administración directa del Papa, que en esa época era un príncipe europeo más, por lo que no era claro el poder que el imperio portugués tendría en la zona. Al final el papado decide ceder las tierras de las misiones al imperio como gesto de buena voluntad para evitar que los jesuitas fuesen expulsados de todo el imperio portugués (cosa al final terminó pasando). Ante el abandono de la Iglesia de estas misiones, los curas que residían allí se resistieron a la expulsión.
Pero más allá del contexto político, la película presenta una reflexión ética sobre el encuentro con el otro que propició la misión evangelizadora en América. Por lo que me parece relevante no solo estas jugadas de poder entre imperios, sino también los sentires ético-políticos que despertaba para los clérigos interactuar con los pueblos guaraníes, y cómo estas exceptivas de salvar las almas de los indios quedaron atrapadas en una disyuntiva, entre una ética cristiana que impedía abandonar a la población, versus una institucionalidad católica que buscaba no perder su posición geoestratégica en el ajedrez de poder de los imperios europeos.
Al inicio de la película vemos al Padre Gabriel (Jeremy Irons) planeta el primer acercamiento con los guaraníes. Gabriel se interna en la selva solo, a lo que es rodeado por cientos de nativos que lo amenazan con armas. Así, en clara vulnerabilidad con el otro, esperando ser escuchado, comienza a tocar su instrumento, un oboe. La música sería el canal por el que los dos mundos comienzan a verse el rostro mutuamente. Las misiones jesuitas promovieron que los miembros de la orden aprendieran las lenguas indígenas, su propósito era en efecto evangelizar, lo que hoy podríamos leer como un intento de “aculturar”, pero a la vez en los miembros de la orden se fue despertando una compasión por el otro que los llevará a incluso dejar su vida por ellos. No salvar sus almas solo sino salvar sus vidas.
En el extremo opuesto se nos presenta al Capitán Rodrigo Mendoza (Robert De Niro). Mendoza caza indígenas como si fueran animales salvajes, su desprecio al otro es evidente. Sin embargo, luego de asesinar a su hermano busca redención en la orden jesuita, ellos le ponen como penitencia cargar su antiguo equipo a cuestas y subir la cascada hasta la misión. Mendoza se ve enfrentado ante los guaraníes que lo reconocen y ponen un cuchillo en su cuello en señal de hostilidad. Sin embargo, Mendoza no ofrece resistencia, se entrega al otro plenamente. Los indígenas perdonan su vida y le quitan el peso que traía. Mendoza se conmueve al ver la piedad que tuvieron aquellos que antes trataba como animales con él. Si ellos podían ver humanidad en él, él podría ver humanidad en los otros. Y, en consecuencia, abandona su vida de mercenario y se une a los jesuitas para aportar a la misión.
Mientras Mendoza comienza a vivir con los guaraníes, un enviado del Papa llega a la región a determinar la suerte de las misiones. En su deliberación vemos las distintas posturas que existían en la sociedad colonizadora y en el seno de la Iglesia frente a los colonizados. De forma que recuerda al debate de Sepúlveda-Las Casas, se presenta un debate entre los que ven en los indígenas como un igual, y los que no son capaces de reconocer su humanidad. Esa falta de reconocimiento del otro es la imposibilidad de verlo como ser, de superar la mismidad y abrirse a su escucha.
A lo largo de la película los jesuitas intentan conmover al enviado del Papa para que respete las misiones. En efecto lo logran, sin embargo, el europeo antepone su miedo a que la orden sea expulsada de todos los territorios a la vida de los guaraníes y decide entregar las misiones. La resistencia que se da por parte de Gabriel y Mendoza muestra las dos formas en que los jesuitas entregaron su vida por el otro. Por un lado, Gabriel que de forma pacífica mantiene la ritualidad hasta el final, solemnemente hace una procesión mientras su mundo se derrumba. Por otro está Mendoza que decide luchar con armas así eso significase su expulsión de la orden por desobedecer los mandatos del Papa. Detalle no menor, porque para ese momento lo más sagrado en su vida era la orden jesuita, pero él decide sacrificar incluso eso.
La película muestra como muchas veces la espiritualidad y los deseos de la institucionalidad religiosa no siembre van de la mano. La religión, que muchas veces se piensa como un instrumento para la sumisión y la obediencia de los feligreses, es en realidad un campo de disputa ético-político por el sentido del bien y la salvación, llegando incluso a momento en lo que lo más coherente con el sentir católico es desobedecer al mismísimo papa. No es un secreto para nadie que el catolicismo fue una de las herramientas históricas de la colonialidad, pero en su seno también el espacio del surgimiento de espiritualidades anticoloniales y emancipatorias.
En la última escena, luego de la muerte de los personajes principales el director pone una leyenda que resalta que aún hoy en día hay curas luchando por la justicia e igualdad, un claro guiño a la teología de la liberación.
