David Vilchis
Últimamente, ciertas imágenes religiosas han causado más revuelo que la colaboración de Shakira con BZRP. Estatuas, pinturas y representaciones que parecen (¡oh, escándalo!) hipersexualizadas han desatado la ira de las buenas conciencias, quienes, entre susurros de indignación y señalamientos airados, han proclamado que esto no es arte, sino una blasfemia en su estado más puro. ¿Cómo se atreven a vincular lo sagrado con lo carnal? ¿Cómo es posible que figuras de la tradición cristiana aparezcan con rasgos sensuales, cuerpos sugerentes o, peor aún, con una expresión que no sea la de un martirio perpetuo? Para algunos, estas imágenes no solo desafían la piedad, sino que representan un ataque directo a la santidad misma, como si el solo hecho de insinuar un vínculo entre lo divino y la sexualidad fuera un sacrilegio imperdonable.
En contraste, muchos activistas creyentes LGBTIQA+ han interpretado la sexualización de estas imágenes no como una blasfemia, sino como una forma de protesta política, un acto que desafía las narrativas hegemónicas dentro de la Iglesia y visibiliza la diversidad de experiencias de fe. Para ellos, estas representaciones no son un ataque a lo sagrado, sino una manera de reclamar su lugar dentro de una tradición que históricamente ha marginado las vivencias disidentes. Y aquí surge un punto clave: la relación entre fe y sexualidad no tradicional sigue siendo un tema poco explorado, como si la única manera legítima de vivir la espiritualidad fuera dentro de los márgenes normativos impuestos por siglos de doctrina.
En realidad, la relación entre sexualidad, erotismo y fe no es nada nueva ni ajena a la tradición cristiana. Desde tiempos bíblicos, la mística y la pasión han ido de la mano, aunque a algunos les incomode admitirlo. Las alegorías del matrimonio entre Dios y su pueblo tienen ecos profundamente eróticos, y basta con abrir el Cantar de los Cantares para darse cuenta de ello: un poema de amor apasionado, lleno de deseo, caricias y susurros, que por siglos se ha interpretado como una metáfora de la unión entre el alma y Dios. Pero si esto no fuera suficiente, ahí está el éxtasis de Santa Teresa, inmortalizado en la escultura de Bernini, donde la santa aparece con el rostro arrebatado en una expresión que fácilmente podría confundirse con la del placer carnal. Su propia descripción de la experiencia no deja mucho margen para la duda: un ángel que la atraviesa con una lanza y la deja “inflamada con el amor de Dios”, en un trance que no sólo es espiritual o intelectual, sino también físico. La historia de la fe está llena de estos momentos de fusión entre lo divino y lo corpóreo, lo que hace aún más curioso el escándalo de quienes se empeñan en fingir que lo sagrado y el deseo nunca han tenido nada que ver.
No es de extrañar, entonces, que muchas y muchos creyentes homosexuales recuperen la vivencia de su sexualidad como parte constitutiva de su espiritualidad. La espiritualización de la sexualidad y la sexualización de la espiritualidad no son procesos opuestos, sino dimensiones que se entrelazan de formas que la teología tradicional pocas veces se atreve a explorar.
Sumerau, Cragun y Lain, en su estudio “‘I Found God in The Glory Hole’: The Moral Career of a Gay Christian”, sobre creyentes homosexuales en el sureste de Estados Unidos, documentan cómo la sexualidad no es un obstáculo para la fe, sino un canal a través del cual muchas personas reencuentran su conexión con lo divino. El título del estudio proviene de una de las personas entrevistadas, quien expresó que encontraba la presencia de Dios dentro de sus encuentros sexuales, integrando así su espiritualidad y su deseo en una experiencia única. El estudio señala que, para algunos, la actividad sexual termina siendo un camino de regreso a la práctica religiosa activa. Otros integran la presencia de Dios en su vida sexual, no como un juez castigador, sino como una compañía que los habita en su vulnerabilidad, su deseo y su entrega. Incluso hay quienes experimentan la presencia de Dios dentro de sus encuentros sexuales, encontrando en la intimidad una dimensión sagrada que trasciende lo meramente físico. Sus experiencias nos hacen preguntarnos si el cristianismo siempre ha hablado del amor como una experiencia transformadora, ¿por qué nos escandaliza que ese amor, vivido en todas sus formas, también sea un espacio para lo divino?
La conexión entre deseo, espiritualidad y la figura de Jesús también ha sido explorada en católicos homosexuales en Italia, quienes en algunos casos han manifestado una atracción erótica hacia Cristo. La imagen tradicional de Jesús como un hombre joven, bello, con cabello largo y un rostro sereno puede evocar, al menos en la mente de algunos hombres homosexuales, la posibilidad de una dimensión sexual en su figura. Aunque no es un tema comúnmente abordado, algunos creyentes han reconocido haber tenido pensamientos sexuales sobre Jesús, interpretándolo como una manifestación de la fusión entre lo divino y lo carnal.
Para algunos, esto surge a partir de la profunda intimidad espiritual que sienten con Él, mientras que otros, no ven nada de extraño en imaginar a Jesús como gay, señalando, por ejemplo, su relación con Juan, el discípulo amado. Jennings (2003) y Goss (1993, 2002) han explorado esta idea en sus lecturas de la Biblia, argumentando que Jesús no sólo transgredió normas sociales y religiosas de su tiempo, sino que también desafió las fronteras de la heterosexualidad impuesta.
Así, para algunos creyentes, la atracción hacia Jesús no es solo una cuestión simbólica, sino una experiencia real de deseo que, lejos de alejarlos de la fe, los acerca más a ella. Estos creyentes encuentran una forma de integrar su cuerpo y su sexualidad dentro de su espiritualidad, en un proceso similar al de los místicos como Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz. Estas experiencias desafían la rígida separación que muchas veces se impone entre lo sagrado y lo erótico, mostrando que, para algunos, el amor divino no solo se experimenta en el alma, sino también en la carne.
Por ello, en vez de escandalizarnos por las imágenes “hipersexualizadas”, quizá deberíamos preguntarnos ¿dónde quedan las historias de quienes encuentran en su identidad de género o en su orientación sexual una dimensión espiritual? ¿Por qué se asume que la única forma válida de vivir la fe es asexuada o sometida a estructuras rígidas? Quizás el verdadero escándalo no es la imagen de un Cristo sensual, sino la insistencia en negar que la fe y la sexualidad puedan convivir fuera de los moldes tradicionales.
Referencias:
Deguara, A. (2017). Destroying False Images of God: The Experiences of LGBT Catholics. Journal of Homosexuality, 65(3), 317–337. https://doi.org/10.1080/00918369.2017.1317474
Goss, R. (2002). Queering Christ: Beyond Jesus acted up. Cleveland, OH: Pilgrim Press.
Jennings, T. W., Jr. (2003). The man Jesus loved: Homoerotic narratives from the New Testament. Cleveland, OH: Pilgrim Press.
Sumerau, J. E., Ryan T. Cragun, and Lain A. B. Mathers. 2016. “‘I Found God in The Glory Hole’: The Moral Career of a Gay Christian.” Sociological Inquiry 86(4):618–40. doi: https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/soin.12134