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Análisis crítico del concepto de feminidad en el cristianismo (Parte 1)

Andrea Arely Martínez Hernández

La religión cristiano-católica ha influido profundamente en las sociedades occidentales, moldeando estructuras culturales, sociales y políticas pues, aunque la modernidad prioriza el racionalismo y con ello los procesos de secularización, los valores y símbolos cristianos atraviesan diversos ámbitos de la sociedad. Así, dentro de esta tradición, el concepto de feminidad ha sido fundamental en la configuración de roles de género que vinculan a la mujer con la sumisión, la maternidad y la pureza.

Figuras como Eva y la Virgen María han legitimado arquetipos femeninos que refuerzan normas de género tradicionales. Estas representaciones han sido sostenidas por siglos de enseñanza doctrinal, consolidando un impacto significativo en las dinámicas sociales y familiares, por lo que, comprender estos conceptos permite analizar cómo la religión cristiana influye en la construcción de los roles de género en la actualidad.

La teología feminista emerge como una crítica a las nociones tradicionales de feminidad en el cristianismo. Este enfoque busca reinterpretar las escrituras desde una perspectiva de género, evidenciando desigualdades y proponiendo visiones inclusivas. Al hacerlo, plantea cuestionamientos sobre la perpetuación de roles asignados a las mujeres y su relación con las estructuras de poder en las comunidades religiosas.

Esta investigación analiza el concepto de feminidad en la religión católica, explorando su impacto histórico y contemporáneo a partir de los vínculos que el cristianismo primitivo mantuvo con el Imperio Romano. También aborda cómo la teología feminista contribuye a un diálogo entre tradición y transformación social. De igual forma se realiza una reflexión sobre las interpretaciones y el lugar político e ideológico desde donde estas se realizan. Así, el análisis sobre estas dinámicas resulta crucial para comprender la influencia religiosa en temas como género, derechos humanos y participación social de las mujeres.

LA CONSTRUCCIÓN DEL CONCEPTO DE FEMINIDAD EN EL CRISTIANISMO

Tradiciones religiosas y contexto social

El catolicismo surge en el contexto del mundo judío, cuya estructura y organización influyeron en una nueva corriente del siglo I centrada en la figura de Jesús de Nazaret, por lo que, al ser inicialmente un movimiento dentro del judaísmo, las primeras prácticas del cristianismo se llevaron a cabo en las llamadas iglesias domésticas en donde los seguidores se reunían en secreto para realizar su culto debido a la persecución ejercida por las autoridades del Imperio Romano.

Dentro de las iglesias domésticas, las mujeres alcanzaron puestos relevantes y en igualdad de condiciones con el varón, por lo que resulta curioso que dentro de la Iglesia cristiana y en sus escrituras, las mujeres suelen pasar desapercibidas, siendo relegadas a papeles secundarios en donde se suele plasmar a la figura de la Virgen María como el ideal de las virtudes que debe poseer el género femenino.

Así, la comprensión del desarrollo de la religión cristiana a partir de las iglesias domésticas y su relación con las estructuras del mundo romano permite entender los roles determinados para cada persona y, en particular, para el desarrollo de esta investigación, los asignados para cada género además de la perdida de protagonismo de la mujer en la iglesia.

En primer lugar, el desarrollo de las iglesias domesticas dentro de la cultura judía influyo en la primera idea de organización que adoptaron, la cual responde al sistema sinagogal organizado en sinagogas, las cuales tenían un carácter grupal y no local o territorial debido a la dispersión de las comunidades judías en territorios muy extensos. Es decir, en donde se establecía la comunidad se establecía la sinagoga, lo que expresa la relación de un grupo humano determinado (Gómez-Acebo, 2005).

Sin embargo, a diferencia del judaísmo, para los cristianos el principio de territorialidad resultó de gran relevancia en la organización de su Iglesia. Esto, sumado al constante rechazo hacia el pueblo judío, visto como responsable de la muerte de Cristo, fue una de las razones que impulsaron un cambio en el modelo de autoridad, pasando de uno profético-carismático a otro institucional y jerárquico (ibid.).

A propósito, la relación del cristianismo con el Imperio Romano estuvo llena de conflictos éticos y religiosos, sin embargo, también tenían otros enfoques debido a que “la religión siempre tiene determinados reflejos sociales y políticos” (ibid., p.80). Más aún, en Roma en donde la protección a divinidades y el papel de la religión consistía en la conservación del Imperio como parte del poder ejercido a través del discurso.

De esta forma, ante el enfrentamiento del cristianismo frente al poder de Roma, la comunidad cristiana fue cediendo ante las formas de organización del imperio y se adaptó al orden social establecido, resultando en la aceptación y legitimidad del cristianismo en la estructura romana. Sin embargo, esta adaptación también conllevó la incorporación de normas sociales, incluyendo las ideas sobre el género y la autoridad.

Así pues, el Nuevo Testamento recoge los códigos domésticos que “muestran no sólo el proceso de patriarcalización de la Iglesia, sino también cómo a través de ellos se va inculcando la aceptación del orden social” (idem.), la cual ha sido plasmada en el libro bíblico Carta a los Romanos:

Cada uno en esta vida debe someterse a las autoridades. Pues no hay autoridad que no venga de Dios y los cargos públicos existen por voluntad de Dios. Por lo tanto, el que se opone a la autoridad se revela contra un decreto de Dios y tendrá que responder por esa rebeldía. (Rom 13:1- 8)

Ejemplos de los textos que contienen los códigos de conducta de la revisión cristiana y todas sus ramas:

  • Colosenses 3:18: En este texto, el apóstol Pablo exhorta a los esposos, esposas, hijos y siervos a desempeñar sus roles con respeto mutuo y obediencia. Las esposas deben someterse a sus maridos “como conviene en el Señor”, y los maridos deben amar a sus esposas y no ser duros con ellas.
  • Efesios 5:21-33; 6:1-9: Este pasaje subraya la sumisión mutua “en el temor de Cristo” y detalla los deberes de esposos y esposas, padres e hijos, y siervos y amos. Las esposas son llamadas a someterse a sus esposos “como al Señor,” mientras que los esposos deben amar a sus esposas “como Cristo amó a la Iglesia.”
  • Timoteo 2:9-3, Este pasaje enfatiza la modestia y el respeto en la conducta de las mujeres, quienes deben aprender en silencio y sumisión.
  • Timoteo 2:12, que afirma que las mujeres no deben enseñar ni ejercer autoridad sobre los hombres

Estos textos proponen un modelo de feminidad basado en la sumisión y la modestia, presentando a las mujeres como responsables de mantener la paz y la armonía familiar.

Por lo tanto, en las culturas patriarcales antiguas se daba por supuesta la superioridad del hombre sobre la mujer bajo el argumento de que el varón expresaba lo “plenamente humano” enmarcando su corporativismo y las virtudes de lealtad, por lo que, una persona dependía de su sexo para adquirir estatus social dentro de lo público y privado.

La figura femenina en la biblia

La figura de la mujer en la biblia es una cuestión de amplio estudio debido a la complejidad del texto sagrado. Las diversas narraciones se han perdido en la traducción del hebreo y griego al español e idiomas contemporáneos, además de las múltiples interpretaciones desde diversas perspectivas que responden a múltiples intereses, ideologías y culturas dentro de una fe en común.

En un primer instante, en el primer libro del Antiguo Testamento, el Génesis (comienzo), se plantean los primeros pasos de la humanidad en el mundo creado por Dios. Sin embargo, lo que llama la atención de esta narración es la creación del hombre y de la mujer tal cual era Dios, “a su imagen y semejanza”, engendrando[1] a Adán para poblar el paraíso que había creado.

La narración del Génesis plantea lo siguiente:

Dijo Yavé Dios: no es bueno que el hombre este solo. Le daré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude (Gen 2:18).

De la costilla que Yavé había sacado del hombre, formo a la mujer y la llevo ante el hombre. Entonces el hombre exclamó: esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer poque del hombre ha sido tomada (Gen 2:22-23).

Tomando esta traducción del Génesis, capítulo 2, versículo 23, se puede decir que, en lo general, no hay mucho para analizar. Sin embargo, si tomamos en consideración que desde el hebreo “hombre” es traducido como ish (ָאָדם) y “mujer” como ishá (אשה), se percibe que el nombramiento del concepto mujer fue dado a partir de lo que no es el hombre. “Nácar Colunga traduce la expresión isha como varona para contraponer el juego de las palabras hebreas: ish: varón; issha: varona” (Hernandez, 2007, p. 230).

Además, la creación de la mujer bajo la argumentación de la necesidad de compañía y ayuda del hombre (Gen 2:18) coloca al género femenino en segundo plano, sin mencionar el desenlace del pecado original en el que se plantea al hombre como víctima de la mujer que le dio la fruta prohibida y él accedió desde la aparente ingenuidad, lo que provocó que ambos cayeran en el engaño de la serpiente. “El pecador siempre es engañado” (La Biblia Latinoamericana, 1995, p.11).

Incluso en el Nuevo Testamento se reafirma la culpa de Eva además de dejar clara la posición de la mujer en la sociedad: “No permito que la mujer enseñe ni que quiera corregir a su marido; que se quede tranquila, pues Adán fue formado primero y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer y por ella vino la desobediencia” (1 Tim 2:15).

A partir de esta interpretación de la historia bíblica de Eva se alimenta idea de que las mujeres son más susceptibles a las fuerzas del mal y se vincula a la feminidad con lo demoniaco y el pecado. Esto coloca a lo femenino como irracional y peligroso para el orden establecido en el paraíso del hombre, alterando todo el estatus quo con la única presencia de la mujer.

Por otro lado, sobre la sexualidad y la pureza, La Biblia hace referencia a la impureza de la mujer durante su menstruación al ser un derrame de sangre desde sus cuerpos (Lev 15:19). En estos pueblos, la sangre de los varones era noble y pura al ser derramada en la guerra, lo que se contrapone a la de las mujeres que era derramada durante el parto y la menstruación, lo que inquietaba a los hombres que dictaban las leyes (La Biblia Latinoamericana, 1995, p. 155). No lo entendían y, por lo tanto, lo satanizaban.

De esta forma, la impureza atribuida a la mujer durante el derramamiento de sangre menstrual está fuertemente vinculada al control del Imperio Romano para mantener el orden social. Las mujeres catalogadas como irracionales, sensuales y peligrosas por su naturaleza inferior eran un peligro para el orden público ocupado por el género masculino (Mattioli, 2021). Pero, si una mujer puede corromper el orden cuando los varones no controlan sus impulsos primitivos, ¿cuál es el sujeto el irracional?

El Imperio Romano entendía la tarea de disciplinar a través de leyes, estigmatización y algo que Michael Foucault clasificara como poder pastoral refiriéndose a “una forma de pensar una serie de fenómenos vinculados con tecnologías políticas dirigidas a conducir la conducta de unos individuos a través de dispositivos de orden religioso-teológico” (Soto, 2015, p. 220). Es decir, un mecanismo de poder a través de normas morales y creencias religiosas que regulan las practicas sociales.

Así, para mantener el orden social del Imperio Romano, se debía enseñar los beneficios de la virginidad, la cual estaba colocada en una línea de tensión entre la salvación y el placer. Por esto, los discursos eclesiales del siglo V estaban construidos a través de una estrategia pastoral para controlar la virginidad y con ello ganar la incorruptibilidad de la comunidad cristiana.

En consecuencia, mantener la integralidad del cuerpo de la mujer era símbolo de la inviolabilidad del cuerpo social a través de discursos morales. Foucault argumenta que el poder en las sociedades modernas se manifiesta a través de relaciones disciplinarias que regulan los cuerpos. En este sentido, el control sobre el cuerpo femenino en el Imperio Romano cristiano puede verse como una extensión de este poder disciplinario, donde las normas sociales y religiosas dictaban cómo debían comportarse las mujeres (Foucault, 2004).

Por otro lado, la virgen María es un símbolo bíblico de todas las cualidades que debe tener una mujer. Desde la maternidad, la obediencia y la virtud, la madre de Jesús se consagra como el arquetipo de la feminidad cristiana debido a que se le asignan características como la pureza, humildad y devoción, convirtiéndose en el modelo ideal de comportamiento femenino dentro del cristianismo por su papel como intercesora y por su sumisión a la voluntad divina.

A la mujer se le asigna un papel de sumisión a partir de la jerarquización de la impureza que viene desde los tiempos de Adán y Eva que encierra a la figura femenina dentro de todas las características del pecado, engaño y naturaleza peligrosa. Sin embargo, gracias a Dios que en la 1ª Carta de Timoteo 2:15 da alternativas para la salvación “gracias a la maternidad, con tal de que lleve una vida ordenada” (1 Tim 2:15).

El mandato de feminidad que le dicta la sociedad patriarcal del Imperio Romano cristiano no es solo un mandato opresivo que se posa sobre ciertos cuerpos, sino que tiene un trasfondo profundamente arraigado en las normas culturales y religiosas. Simone de Beauvoir en su obra El Segundo Sexo (1949) critica los mandatos sociales que limitan a las mujeres a roles específicos, como el de madre o esposa, pues sostiene que estas imposiciones son formas de opresión que perpetúan la desigualdad de género.

Si bien, esta asignación de roles se da dentro del contexto de la era cristiana en donde se adoptaron los valores y conductas del Imperio Romano, lo que debe analizarse desde una posición crítica es el impacto que aún se mantiene en la era actual jactada de los valores modernos de racionalidad, derechos humanos y secularización.

Así, el contraste entre las narrativas alrededor de las figuras femeninas en el Antiguo y el Nuevo Testamento de la Biblia amplia la perspectiva del papel de la mujer en ambas épocas en las que se desarrollaron y adoptaron como forma de vida y orden social. En primer lugar, el Antiguo Testamento presenta a las mujeres en una posición subordinada ya que las retrata principalmente como esposas y madres, con su valor ligado a su capacidad reproductiva.

No obstante, el Antiguo Testamento menciona a algunas figuras femeninas que destacaron por su liderazgo en la formación de comunidad y valentía en la historia de salvación de sus pueblos. Tal es el caso de Rut, Ester y Judit, quienes ocupan espacios dentro del primer libro de la Biblia.

Por otro lado, en el Nuevo Testamento, la figura femenina experimenta un cambio a partir de las enseñanzas de Jesús quien reconoció su valor espiritual y promovió la dignidad, igualdad e inclusión de las mujeres. Sin embargo, este movimiento se ve limitado por las estructuras sociales de la época que se reflejan en los códigos de conducta redactados en distintos pasajes.

La realidad es que, en la Biblia, el concepto de feminidad se presta a la interpretación de los responsables de dicha actividad pues existe un matiz entre las virtudes y los estereotipos de impureza de la mujer según su naturaleza y la narración en los libros sagrados manchados por la realidad social machista y patriarcal del Imperio Romano.

Sin embargo, en la actualidad recién empiezan los trabajos de reinterpretación de la Biblia a partir de una perspectiva feminista, además de una teología de la liberación, en las cuales se busca cuestionar las interpretaciones tradicionales que han perpetuado la subordinación de las mujeres reivindican su papel activo en la historia bíblica.

Referencias

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[1] El nombre Adán significa “hombre” en hebreo.

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